Una nueva etapa del viaje 6


Las fronteras son algo raro, es una línea que pone el hombre para delimitar hasta donde llega su país, y ahí es donde Chema y yo pasamos los ratos más aburridos, pero es algo que hay que hacer, y lo llevamos con filosofía y con la mejor de nuestras sonrisas (sobre todo para que el funcionario de turno no nos ponga problema y no nos entretenga más de la cuenta).

Al cambiar de país, de repente te cambia el “chip“, por poca diferencia que haya entre uno y otro, pero “ya has cruzado”, y en este caso hemos cruzado más todavía, el cambio ha sido mayor, porque ya no estamos en Suramérica, si no que estamos en Centro América, una nueva etapa de nuestro viaje.

Revisando mi último post, me he dado cuenta que tengo mucho que contar… Así que, como siempre, empezaré por el principio para llegar al día de hoy, y podáis viajar con nosotros, conocer lo que hemos vivido, visto, probado, caminado, sentido…

Después de Bogotá, le dijimos “hasta luego” al frío, para llegar a Villa de Leyva una ciudad de arquitectura colonial hermosísima, muy orgánica, verde, llena de hippies y turistas que buscan la tranquilidad de estos lares. Algo que nos dejó impresionados de lo bonito que era, es la Plaza Principal realmente gigante, desproporcionada, la más grande de Colombia y creo que de Suramérica, según nos dijeron.

Llegamos a casa de Marcela, donde estaba Adriana, una chica de Bogotá que estaba de vacaciones y paseaba con su moto por aquella región.

Los días que estuvimos con Marcela fueron buenísimos, descansamos, nos relajamos en su linda casa, con la compañía de esta magnífica mujer que es tan relajada con respecto a la vida. Nos dijo al llegar que en su casa solo había una norma: “no pelearse“, y nos encantó. Estuvimos paseando por la ciudad, conociendo los pueblos cercanos, el Paso del Ángel, Santa Sofía, Santuario Ecce Homo, varias cascadas y pozos, El Fósil, etc. Al ser tan turístico te querían cobrar por todo, pero nosotros nos las ingeniamos para no pagar, o les regateábamos hasta lo mínimo.

Al Santuario del Ecce Homo, por ejemplo, nos querían cobrar como 5.000 pesos a cada uno, y no queríamos gastar tanto, así que les dijimos que no entrábamos. Pero fuera nos pusimos a conversar con un monje dominico, Sergio Andrés, y nos ofreció entrar con él para así no pagar. Tuvimos mucha suerte, porque además él estudia historia e historia del arte, y nos hizo de guía, explicándonos cosas que jamás habríamos imaginado, y que ya hemos olvidado estupendamente. A la ciudad volvimos con otro monje, del que no recuerdo el nombre, que bajaba en auto y nos llevó a conocer a su familia porque le hacía ilusión, y estuvimos con ellos tomando “tinto” (café colombiano) y charlando durante dos o tres horas.

En otras ocasiones le dábamos la vuelta al recinto para encontrar una entrada sin vigilancia, o entrábamos por la salida, pero no siempre funcionaba. Por ejemplo a La Laguna de Iguaque no pudimos ir, porque por más que miramos con nuestro amigo ruso Román (que se las sabe todas) cómo entrar al Parque Nacional Santuario de Flora y Fauna Iguaque sin pasar por la entrada donde nos cobraban 38.000 pesos colombianos a cada uno, no encontramos la forma de burlar esa entrada, sin morir en el intento. Decidimos que queda pendiente para próxima visita a Colombia, porque es una Laguna muy interesante, por la historia y la energía que tiene. Según la leyenda Muisca allí fue el origen de la humanidad. La historia cuenta que de esa Laguna salieron los primeros seres humanos, Bachué y Bochica, y ellos poblaron el mundo para después volver a la Laguna sagrada en forma de serpientes.

El sábado fuimos al Mercado de Villa de Leyva por la mañana, que es muy antiguo, y se pueden encontrar artesanías, frutas, verduras y comida. Un Mercado muy autóctono, de colores muy vivos, donde los indígenas de los alrededores van cada semana para vender sus cosechas o sus artesanías.

Junto con Román y su amiga colombiana, Ledis, fuimos a conocer el Paso del Ángel, nos bañamos en unas cascadas y comimos en Santa Sofía. Por último, pasamos el último día solos disfrutando de la casa, porque Marcela se tuvo que ir a Bogotá y nos dejó la casa.

Llegamos a San Gil, nuestro siguiente destino en Santander, donde nos quedábamos con Yako y la Mona. No se si ya os he explicado que en Colombia es muy típico escuchar que a alguien se le dice “mono” o “mona” (incluso a mi alguna vez me lo han dicho), y no es como en España que quiere decir “bonito“, quiere decir “rubio” (a los pelirrojos también se les dice en algunas ocasiones). Esta región es también preciosa, muy verde y muy viva.

Como ellos trabajaban todo el día, nosotros visitamos Barichara, Guane y Curití, y por las noches la pasábamos charlando, cenando, celebrando el cumpleaños de Yako, y en la celebración del 15 cumpleaños de una prima de la Mona. Resulta que en Latinoamérica se celebran los 15 de las niñas como si fuera una boda (a  los chicos se les celebra los 18 en Colombia, en otras partes es también a los 15), y nos invitaron a guaro y empanadas, mientras veíamos que le cantaban rancheras a la chica y todos los varones hacían fila para bailar con ella, y los familiares agradecían llorando, con un micrófono, a Dios por hacer que naciera esta niña. En mis 15 años, éramos 8 niñas en la edad del pavo comiendo sandwiches y tarta , bebiendo Coca-cola, y diciendo tonterías… que poco glamour…

Barichara es un pueblo precioso, al que se llega en bus y desde ahí se puede ir caminando al siguiente pueblo, Guane, por un sendero muy lindo. Llegamos ya algo tarde a Barichara y decidimos comer antes de emprender el camino hasta el siguiente pueblo. Fuimos a un restaurante que tenía gente autóctona y trabajadores, y pedimos lo más típico de esa región: cabro asado y oreada, riquísima comida, y bastante bien de precio.

A Curiti, un pequeño pueblo, fuimos un día de mucho calor, para bañarnos en las piscinas naturales de Pescaderito. Nos refrescamos y volvimos a San Gil, donde Yako habló con su padre para que nos llevara en su camión hasta Bucaramanga (porque daba la casualidad de que hacía ese recorrido ese día), y allí agarramos un bus nocturno que iba hasta Maicao, en la Guajira, que era nuestro siguiente destino.

Maicao lo llaman el escaparate de Colombia, pero no por lo bonito, porque es bastante feo, es porque allí venden todas las cosas de contrabando de Venezuela, y lo curioso es que es legal, pero solo en Maicao, de ahí no se puede sacar, y de hecho hay muchos controles de policía para salir de la ciudad y controlar que no se haga contrabando de alimentos, alcohol, gasolina, tabaco, etc.

En Maicao teníamos un couch que nos esperaba, Andrés, pero nos dijo que seguramente él estuviera de viaje en Cabo de la Vela, y que su mamá nos recibiría. Nos dijeron la dirección, y al llegar buscamos un vehículo que nos llevara. Intentando parar uno, un hombre que estaba en la acera de enfrente nos preguntó si queríamos taxi, pero estaba conduciendo un auto normal, así que le ignorábamos, pero el caso es que el hombre tenía cara de bueno, y se acercó preguntándonos de nuevo, y le dijimos que sí buscábamos un auto, pero el suyo no era taxi. Nos preguntó donde íbamos y al decirle la dirección supo al momento donde íbamos y resulta que conocía a toda la familia y había sido profesor de Andrés. De esta forma decidimos ir con él, si era amigo de la familia mejor. En Sudamérica hay muchos sitios que es legal que un particular haga de taxista, y es muy común ver ésto, lo que pasa que nosotros al no saber, desconfiamos, claro.

Nos llevó hasta la puerta de Hayde (la mamá de Andrés) a un barrio muy humilde que no estaba asfaltado, y salieron a la puerta de la orden de 9 niños descalzos y despeinados a preguntarnos muchas cosas al mismo tiempo y, sin esperar a que respondiéramos, formulaban otra pregunta, y otra, y otra, y otra, mientras cogían todas nuestras cosas (con lo pesadas que son y ellos tan pequeños) y nos llevaban atravesando la casa, donde se encontraban todos los adultos que íbamos saludando, hasta un patio trasero que llegaba a una casita donde nos hicieron parar porque mientras unos seguían preguntando, riéndose de nuestra forma de hablar y tocándole la barba a Chema, otros barrían y fregaban la casa para después acomodar nuestras cosas. Fue un recibimiento muy caluroso y divertido, que nos dejó automáticamente sin energía.

Esta familia es increíble, TODOS son buenísimas personas, generosos, humildes, inocentes y sencillos, Hayde, Isa, Bibian, Samuel, Josué, Gabi, Armando, Alejandro, Sofía, Rocío, Chiki, Dinnys, Elisa, Daniel, Yindi, Jansi… nos abrieron las puertas de su casa y nos dieron lo que tenían. Disfrutamos de su compañía como enanos, jugando, enseñando y aprendiendo, y nos fuimos a Cabo de la Vela a conocer a Andrés, que está montando allí un hostel.

Este es un lugar indígena, donde no dejan entrar a los extranjeros para explotar sus tierras, solo los wayuus pueden hacer negocios y tener propiedades allí. Han intentado hacer hoteles de lujo los franceses, holandeses y alemanes, pero ellos se han unido y no les han vendido ningún terreno, cerrándoles las puertas, para que no acaben con lo que es Cabo de la Vela. Nuestro amigo Andrés no es wayuu, pero se ha asociado con un indígena de allí que tiene un terreno y quiere hacer algo en él. Allí mismo pusimos nuestras hamacas y nos quedamos frente al Mar Caribe, al aire libre durmiendo durante 4 noches, sin agua corriente ni luz, solo la playa y nosotros. Por las mañanas nos metíamos al agua, y todo el día paseando y cogiendo coquinas, que allí se llaman chipichipis, cuando nos daba hambre hacíamos un fuego y cocinábamos arroz con verduras y chipichipis, tomábamos mate y tinto, y cervecitas venezolanas (Polarcitas) que son muy baratas. Así pasamos los días con Andrés, relajados y disfrutando de aquel lugar. Uno de los días fuimos caminando hasta el Pilón de Azúcar y por el camino, ¡¡sorpresa!!, nos encontramos con Yannos y Lydia, nuestros amigos franceses que conocimos en Bogotá y viajaban en bici por Colombia. Ya lo sabéis, pero me encanta cuando:

“El mundo se vuelve tu barrio”

– por Pablo Fayad (amigo uruguayo)

Esa zona se encuentra situada en el extremo norte de Suramérica, es lo más al Norte de América del Sur, y sus paisajes son de ensueño, una maravilla, a pesar de que es desértico, es muy lindo y tranquilo, no te queda más remedio que relajarte.

Los wayuus son un pueblo indígena muy curioso, pero no complicado. Al principio son desconfiados y muy serios, no les gustan los occidentales, pero una vez te conocen, cambian por completo y son muy buenas personas, se interesan mucho por tu cultura y conocimientos, y son muy hospitalarios.

Los wayuus no fueron conquistados por los españoles, y junto con las duras condiciones ambientales del desierto, han hecho que este pueblo tenga una personalidad muy marcada y fuerte. Ellos tienen todavía su propio sistema de justicia y autoridad, creen que los espíritus se comunican con los humanos vivos en los sueños, así que le dan una gran importancia y tienen una persona que los estudia e interpreta. Andrés nos estuvo contando varias historias sobre sus tradiciones muy lindas, entre otras nos contó una que me gustó:

Cuando la niña se hace mujer (la majayura), la madre y la abuela se llevan a la niña a un ritual, donde le cortan el pelo, las uñas, la bañan y la encierran en una choza en lo más alto del pueblo durante un año, y le enseñan a coser, tejer, bordar y cocinar. La joven durante este encierro solo puede ver a su madre y abuela. De esta forma se prepara y recibe su madurez, saliendo más fuerte, más bella y más mujer.

Nos volvimos a Maicao, con Hayde, donde volvimos a estar con esta maravillosa familia un par de días y nos fuimos a Palominos.

Por el camino, nos pararon en todos los controles policiales, y en uno de ellos vimos como el conductor tuvo que sobornar al policía con unos cuantos billetitos, metiéndolos en la nevera donde guarda la policía el agua, y nos dijo el chófer al regresar al auto: “el agua más cara del mundo” señalando la bolsita de agua que había cogido para disimular el pago del soborno.

Al llegar a Palominos, comimos y buscamos un sitio donde acampar. Decidimos quedarnos en un hostel donde podíamos acampar en el jardín y se podía hacer uso de todas las instalaciones. Allí pasamos cuatro noches. Este sitio es un paraíso que no puedes perderte, porque todavía no es muy turístico y no es muy caro pasar allí unos días.

Las playas están rodeadas de selva y el Río Palomino desemboca en el mar, encontrándote el río a tus espaldas y la playa al frente, todo rodeado de vegetación y animales. Es realmente precioso.

Al llegar a Santa Marta, fuimos directos a casa de Darwin, Margarita y Víctor, unos couch que nos habían recomendado nuestros amigos Juan y Mar. Tuvimos una suerte increíble al conocer a estos personajes, porque además de ser super buenos, son muuuy divertidos, y casi ni queríamos salir de la casa, donde estábamos todo el rato entretenidos, charlando, riendo, comiendo, aprendiendo y enseñándonos lo que sabíamos. Celebramos el cumpleaños de Darwin, fuimos a la Playa Rodadero, a Taganga y a pasear por la ciudad. Nos contaron muchas historias sobre la Guajira, Colombia, el caribeño, como son y porqué son así, y nos contaron una historia que junto con el vídeo que nos pudieron en el Museo del Oro, nos interesó mucho:

Unos indígenas de esta zona, los Koguis,  se refieren a nosotros (al hombre occidental) como “el hermano menor“, porque ellos se consideran los hermanos mayores de la humanidad. Nosotros, como buen hermano menor, somos mimados y mal criados, no cuidamos la tierra, la cual ellos creen que es la «Gran Madre», la figura creadora, un ser viviente que tiene la fuerza de la naturaleza, y nosotros, los colonos, los occidentales, con las actividades mineras, construcciones, fábricas, etc. la dañamos.

Ellos ayudan a la Gran Madre a cuidar y preservar el mundo, con meditación y ofrendas simbólicas, sosteniendo el balance de la armonía y creatividad en el mundo. Pero el hermano menor, cada vez se lo pone más difícil, no permitiéndole el acceso a sus lugares sagrados, que lo eran antes de que nosotros llegáramos,pero que ahora tienen propietarios que no quieren que “un puñado de indígenas” entren a sus tierras.

Para ellos la Sierra Nevada de Santa Marta es un lugar sagrado, los Picos Nevados son considerados el centro del mundo, y las lagunas el corazón. Por ahora estas tierras se respetan, su cultura y tradición, y esperemos que siga siendo así. Algún día volveremos y visitaremos estos picos, para conocer más acerca de estos pueblos y sus creencias.

Con mucho pesar, nos despedimos con un “hasta luego” de Darwin, Margarita y Víctor, y nos dirigimos a Cartagena, pero allí no hay mucho movimiento CouchSurfing y tuvimos que buscar un hostel. El primero que buscamos lo tuvimos que dejar, porque estaba lleno de hormigas (¡pero lleno!) y el aire acondicionado no funcionaba (muy importante en esta zona del mundo). Así que ya de noche tuvimos que buscar a última hora otro hostel que nos salió un poco mas caro, pero era mucho mejor. Como iba a ser solo una noche, decidimos pasarla sin bichos y fresquitos.

Paseamos por la ciudad que es preciosa, escuchamos música y vimos baile folclórico en la calle que era muy africano, y al día siguiente nos fuimos en busca del billete de Ferry que va hasta Panamá. Después de mil vueltas, conseguimos el billete en las oficinas del Ferry, y nos cobraron 50 $ más por la gestión y el cambio de moneda… eso nos pasa por no planificar… (si lo compras online te sale sin esas tasas, pero tiene que ser con unos días de antelación).

Finalmente, después de pasear, comer y comprar comida para el viaje, nos fuimos al puerto a esperar que saliera el Ferry, donde entramos de los primeros y elegimos muy bien nuestros asientos para estar más cómodos durante la travesía. Durante el camino conocimos a un grupo de argentinos que están recorriendo el continente en auto: Pablo, Carolina y David (Integración Americana). David me enseñó a hacer “manillas” (pulseras), y una de ellas es muy bonita y fácil de vender (una mariposa), ,a ver si me pongo a hacer e intentamos venderlas en Costa Rica.

Salimos a las 21:00 y llegamos a Colón a la 13:30, pero no nos dejaron salir del barco hasta las 14:30, y se formó una fila larguísima en migración, porque solo había dos funcionarios para sellarnos el pasaporte a más de 200 turistas… Sin agua, aire ni comida, con un calor horrible en una nave que era un invernadero, estuvimos haciendo cola hasta las 17:00, y eso que llegamos de los primeros…

Nos fuimos con una polaca y dos argentinos, que no sabían como llegar a la terminal de buses, a buscar un taxi tal y como me lo explicó nuestro amigo panameño César para que no nos cobraran como a gringos. Si coges el taxi que hay a la salida del puerto, te quieren cobrar 3 $ por persona, pero si sales del puerto y vas hasta el Centro Comercial, te montas al taxi y les dices: “a la terminal de buses” sin hablar por el camino para que no sepan que eres extranjero, cuando llegas al terminal le das 1,5 $ y andando, no te cobraron como si fueras gringo 🙂

Llegamos a la terminal y subimos rápido al bus que justo salía a Ciudad de Panamá, y resulta que en el asiento que quedaba libre para mi, estaba al lado de un chico australiano que conocimos en el hostel de Valpo, Sam. Nos quedamos muy sorprendidos por la casualidad y estuvimos charlando por el camino.

Llegamos a Ciudad de Panamá, y la persona que nos iba a recibir, decidió no cogernos el teléfono ni contestar a los mensajes (no suele pasar pero de vez en cuando te encuentras gente así…), así que después de esperar durante 3 horas en la terminal decidimos ir al centro antes de que se hiciera más tarde a buscar un hostel. Dimos vueltas y más vueltas con las mochilas y todo estaba lleno, hasta que finalmente encontramos un motel horrible y asqueroso, que por lo menos era económico (17 $ la habitación doble), y nos quedamos ahí porque no había nada más donde elegir, y pensamos que al día siguiente con la luz del día ya buscaríamos algo mejor. Además habíamos quedado con César que nos iba a dar datos y a invitar a un café.

Al día siguiente nos encontramos con él, tomamos un café y nos había buscado un hostel en un barrio muy bueno (Marbella) en el que había conseguido buen precio. El sitio es buenísimo, jardín, piscina, desayuno, cocina, sala de lectura, internet, etc. Se llama “Los Mostros” y nos cobraron 16 $ cada uno con desayuno (Panamá es muy caro). Estuvimos ahí una noche más para conocer la ciudad y nos fuimos a Penonomé, donde nos había salido couch con Carlos, un chico muy simpático y bueno con el que pasamos cuatro días muy entretenidos. Con él, su hermano Eugenio y sus amigos Olmedo y Roderick, visitamos el Valle de Antón (una ciudad que está en el cráter de un volcán), pasamos una noche en la casa del campo con su mamá Grabriela, fuimos al río Aguas Blancas y a la playa Farallón. La playa la recorrimos paseando hasta que llegamos a una casa destruida que es increíble, tuvo que ser una mansión de lujo, y por lo visto era la casa del dictador Manuel Noriega. En el jardín de la casa pusimos las hamacas y nos comimos los sandwiches, pasando un día de playa muy tranquilo.

Ahora estamos en David, pasando calor en esta ciudad que parece un horno, con nuestro nuevo amigo “tico” (se llama así a los costarricense) Pablo, que nos ha alojado en su casa estos días, y el fin de semana, cuando libre del trabajo nos va a llevar a recorrer los sitios más turísticos de la región.

Por fin hemos llegado a Panamá y por fin hemos conseguido parar un poco para poder contaros nuestra aventura de estas semanas.

Estamos contentos sabiendo que nuestra vida se ha convertido en algo muy bonito, y recién empiezo a ser consciente de la libertad que tenemos. Cada día conocemos un nuevo amigo, un rincón que nos enamora, una nueva fruta favorita, aprendemos cosas nuevas, y cada día estamos más relajados y más felices. Si antes estábamos siempre sonriendo, imaginaos ahora.

Vamos a volver con más arrugas y menos años 🙂

¡¡¡Un abrazo!!!


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